Nunca se sabe cuánto
se quiere a alguien, solo hasta que te encontras en la sala de espera del
aeropuerto a segundos, a pocos minutos de abordar tu último viaje a la
realidad de la cual vienes huyendo, tratando de dejar atrás. Lloras
silenciosamente sin que los demás pasajeros se den cuenta de lo mucho que ya lo
extrañas, de cuanto deseas seguir soñando junto a Él y como mínimo revivir esos días
maravilloso en los que despertabas al calor de su compañía, deseando siempre besarle
abrazarlo, amarlo hasta volver a tener nuevamente una temperatura corporal
igual a la del amor.
Pero si te fijas bien en el tiempo, la pantalla ya indica que el vuelo con tu destino es el siguiente, te dice hasta donde debes ir a esperar, pero hay un detalle: no te quieres ir, no quieres volver, quieres tomar un taxi, desempacar todo nuevamente, meterte en su cama, ver una película mientras Él llega, te da un beso en la frente y se acomoda junto a ti pero no, ya debes abordar.
De forma constante respiras un y otra vez, para no romper en llanto, miras que nadie este mirando mientras secas disimuladamente una que otra lagrima y te quejas de algún mugre en los ojos de forma casual, pero lo cierto es que te llora el corazón, el alma. Lanzas un "te amo" al aire esperando a que le llegue en forma de susurro a sus oídos, tome sus cosas y corra hacia el puente aéreo, llegando a decirte: "No te vayas por favor."

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